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Nostalgia

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Publicado

Hola como están?
Estoy atravesando un momento personal y me gustaría compartir este texto/reflexión que siento ganas de compartir y hacerlo acá me da menos vergüenza, tal vez porque no muchos me conocen, pero siento la necesidad de compartirlo con el mundo de alguna manera.


Hay lugares que no se pierden de golpe.

Se van pudriendo despacio dentro de uno, como una luz vieja atrapada detrás de una pared. Primero dejan de ser refugio. Después dejan de ser presente. Al final quedan ahí, de pie, con esa paciencia obscena que tienen las cosas materiales: sobreviven a los animales, a los viejos, a las discusiones, a los cuerpos, a las promesas, a las familias que se rompen fingiendo que todavía son familia.

Una casa puede aguantar más verdad que una persona.

Eso es lo siniestro.

Las paredes no olvidan, pero tampoco consuelan. No hacen justicia. No explican nada. Solo permanecen. Guardan el eco de los días felices y el peso de todo lo que vino después. La infancia queda ahí adentro como una constelación muerta: todavía brilla, pero uno sabe que esa luz salió de algo que ya no existe.

Durante un tiempo, ese lugar fue el centro del universo.

No porque fuera perfecto. Nada real lo es. La perfección es una mentira que inventaron los que nunca tuvieron que mirar de frente una familia desde adentro. Pero había vida. Había ruidos, animales, voces, una rutina que parecía sólida porque uno era demasiado chico para entender que todo lo sólido también se pudre, se enferma, se vende, se traiciona o se muere.

Después empezaron las grietas.

Al principio casi invisibles. Una ausencia. Una enfermedad. Una pelea heredada. Una mesa con menos gente. Un silencio que nadie quería nombrar. La vida no suele destruir con elegancia. No es un rayo cayendo sobre una torre. Es humedad. Es óxido. Es una gotera emocional que cae durante años hasta que un día mirás alrededor y el techo entero está vencido.

Ahí uno aprende que la nostalgia no siempre es ternura.

A veces la nostalgia es una infección. Una forma que tiene el pasado de pedirte que lo sigas alimentando aunque ya te haya mordido suficiente. Te muestra los días buenos, sí, pero los muestra mezclados con lo otro: con lo que faltó, con lo que dolió, con lo que nadie reparó, con esa clase de soledad que no viene de estar solo sino de mirar alrededor y descubrir que los demás estaban, pero no estaban para vos.

Hay familias que no son un árbol.

Son un incendio con apellido.

Gente unida no por el amor, sino por la costumbre, la sangre, el resentimiento, los muertos y las cosas que quedan cuando los muertos ya no pueden defenderse. Y cuando llega el momento de poner el cuerpo, muchos desaparecen. Se evaporan. Se vuelven espectadores. Pero cuando hay restos sobre la mesa, cuando hay algo que repartir, cuando el dolor ajeno puede transformarse en cálculo, ahí vuelven. Puntuales. Prácticos. Casi religiosos en su miseria.

Y uno mira eso y entiende algo bastante oscuro: no toda ausencia ocurre cuando alguien muere.

A veces alguien está vivo y ya es una ausencia.
A veces alguien comparte tu sangre y no comparte ni una gota de memoria.
A veces el verdadero duelo es aceptar que ciertas personas nunca iban a estar a la altura del vínculo que decían tener.

Entonces el lugar empieza a doler de otra manera.

No solo por los que no están.
También por los que estuvieron mal.
Por los que llegaron tarde.
Por los que confundieron historia con oportunidad.
Por los que miran una herida y ven una cuenta.

Hay algo profundamente violento en ver cómo un pedazo de vida se reduce a números. Como si los años, los animales, las voces, las noches oscuras, los días limpios, la muerte, la infancia y el cansancio pudieran comprimirse en una cifra prolija. Como si el alma tuviera cotización. Como si el hogar fuera apenas una cosa que se liquida cuando se vuelve incómoda.

Pero el mundo funciona así.

No porque sea justo.
Porque es mediocre.
Porque muchas veces la realidad no tiene una arquitectura moral.
Porque el universo no baja a ordenar la mesa, ni a separar a los nobles de los miserables, ni a devolvernos lo que se fue demasiado pronto.

El universo expande. Enfría. Devora. Recicla materia.

Nosotros, mientras tanto, inventamos palabras como hogar, familia, justicia, herencia, amor. Pequeños fósforos prendidos en una noche gigantesca, esperando que no venga el viento.

Y aun así, algo en mí se niega a rendirse ante esa oscuridad.

No por ingenuidad. No porque crea que todo pasa por algo, esa frase miserable que la gente usa cuando no sabe qué hacer con el dolor de otro. Hay cosas que no pasan por nada. Pasan porque el cuerpo falla, porque la gente traiciona, porque la enfermedad existe, porque algunos llegan tarde, porque otros nunca estuvieron, porque la vida tiene una capacidad casi artística para ensuciar lo sagrado.

Pero que algo no tenga sentido no significa que no pueda tener respuesta.

La respuesta no siempre es paz.
A veces la respuesta es carácter.
A veces es memoria.
A veces es no convertirse en la misma clase de animal que te lastimó.
A veces es seguir caminando con una tristeza enorme en el pecho y aun así no entregarle el volante.

Eso también es una forma de fe, aunque no parezca.

No fe en dioses, ni en destinos, ni en finales prolijos. Fe en algo más chico y más difícil: la posibilidad de no quedar definido únicamente por lo que se perdió. La posibilidad de construir algo propio con las ruinas. La posibilidad de mirar un lugar que fue hogar y herida al mismo tiempo y decir: esto me hizo, pero no me manda.

Porque hay una diferencia entre recordar y obedecerle al fantasma.

Recordar es llevar a los muertos con dignidad. Obedecerle al fantasma es quedarse viviendo en el cuarto donde todo se rompió, esperando que el pasado tenga la decencia de corregirse. Y el pasado no corrige nada. El pasado es una estrella apagada: lo único que puede hacer es seguir mandando luz durante un tiempo.

Quizás por eso miro el cielo.

Porque arriba hay una verdad que no intenta consolarte, y por eso mismo consuela un poco. Las nebulosas no prometen justicia. Las galaxias no saben tu nombre. Las estrellas no se detienen por nuestras tragedias domésticas. Pero ahí están, quemándose en silencio, transformando presión en luz, colapso en brillo, muerte en elementos nuevos.

Eso me sirve más que muchas frases humanas.

Una estrella no brilla porque tuvo una vida fácil. Brilla porque está siendo aplastada desde adentro y todavía encuentra la forma de convertir eso en energía.

Hay algo ahí.

Algo que entiendo.

No desde la esperanza barata, sino desde una esperanza más áspera. Más real. De esas que no sonríen para la foto. Una esperanza con ojeras. Con bronca. Con cicatrices. Una esperanza que no dice “todo va a estar bien”, porque no tiene pruebas y no quiere mentir. Dice otra cosa: todavía no terminó.

Y eso alcanza.

Todavía no terminó.

No terminó porque sigo acá.
No terminó porque pude atravesar noches que parecían no tener salida.
No terminó porque todavía puedo distinguir la belleza, incluso cuando viene mezclada con pérdida.
No terminó porque algo en mí sigue queriendo construir, cuidar, mirar hacia arriba, hacer una imagen con luz vieja, encontrar forma donde otros solo ven ruido.

Tal vez eso sea lo más mío.

Esa contradicción: llevar una oscuridad pesada, pero no venerarla. Entender bastante bien la podredumbre humana, pero no arrodillarme ante ella. Saber que la familia puede fallar, que el hogar puede volverse ruina, que la memoria puede ser un cuchillo, y aun así seguir buscando algo limpio. Algo verdadero. Algo que no puedan manosear los mezquinos.

Hay lugares que fueron principio y final.

Lugares donde uno fue chico, hijo, nieto, dueño de una felicidad que no sabía que era frágil. Lugares donde después el mundo mostró los dientes. Lugares que guardan demasiadas versiones de uno: la inocente, la furiosa, la rota, la que quiso desaparecer, la que no desapareció, la que aprendió a seguir sin aplausos, sin red, sin ceremonia.

Y despedirse de eso no es liviano.

Duele porque fue real.
Duele porque no fue justo.
Duele porque parte de uno todavía cree que si el lugar permaneciera intacto, algo de la vida anterior también permanecería.

Pero eso es mentira.

Lo anterior ya se fue.

Lo que queda no es volver. Lo que queda es decidir qué hacer con la luz que todavía llega.

Esa luz vieja de los días buenos.
Esa luz herida de los que ya no están.
Esa luz dura de haber sobrevivido.
Esa luz propia que, aunque a veces parezca mínima, sigue apareciendo en medio de una noche bastante mal diseñada.

No voy a romantizar la pérdida. Perder no te vuelve mejor automáticamente. El dolor no es maestro, no es santo, no es medicina. A veces el dolor solo es dolor. Un animal negro sentado en el pecho. Pero incluso eso puede ser atravesado. Incluso eso puede ser nombrado. Incluso eso puede dejar de ser el centro del sistema.

Porque yo no soy solamente lo que me pasó.

Soy también lo que hice con eso.
Lo que no dejé que me quitara.
Lo que todavía defiendo.
Lo que todavía miro.
Lo que todavía sueño, incluso con los pies metidos en barro familiar y deudas emocionales que nadie piensa pagar.

Ese lugar queda atrás, pero no desaparece.

Nada desaparece del todo. En el universo, hasta la muerte deja radiación de fondo. Hasta una estrella destruida reparte materia para que otra cosa exista. Hasta el polvo sirve para formar mundos, aunque dicho así suene peligrosamente optimista y alguien debería controlarme.

Quizás se trate de eso.

No de cerrar sin dolor.
No de perdonar por obligación.
No de fingir que no hubo injusticia.
No de agradecer la herida como si la herida fuera un regalo.

Se trata de no dejar que la herida sea lo único sagrado.

Hubo hogar.
Hubo amor.
Hubo animales.
Hubo voces.
Hubo infancia.
Hubo pérdida.
Hubo traición.
Hubo noche.

Y todavía hay cielo.

Todavía hay una parte de mí que mira hacia arriba y entiende que la luz puede tardar años en llegar, pero llega. Que algo puede haber nacido en medio del colapso. Que incluso las cosas rotas pueden emitir belleza si uno aprende a procesarlas con suficiente paciencia, suficiente rabia y suficiente pulso.

No me voy limpio.

Nadie sale limpio de los lugares donde aprendió a sobrevivir.

Pero salgo.

Con tristeza, sí.
Con bronca, también.
Con una memoria que pesa más de lo que debería.

Pero salgo con algo que no pudieron llevarse: la certeza de que sigo siendo mío.

Y tal vez, después de tanto derrumbe, eso sea una forma bastante seria de victoria.

Publicado

Soy duro de entendimiento, no quita que me haya pasado o que pueda tocarme vivir experiencias que provoquen ese estado de ánimo. Sin embargo, de chico escuchaba un programa que se llama o se llamaba Nuestro Insólito Universo. Un espacio diario que dejaba un tema disparador de la reflexión, en 5 minutos, por la radio.
Uno de esos temas era el consabido:
si un problema tiene solución, para qué preocuparse?
y si no la tiene, para qué preocuparse!

Pero otro era:
El que SABE cuánto es suficiente se procurará lo suficente.
Este está bien para las etapas en las que no se toma en cuenta la escasez de lo necesario ni la abundancia del deseo.

FIjate... ya que lo has planteado en este entorno:
viste ese punto azul pálido? ahí estan todos los recursos y necesidades de la vida como la conocemos.
See Explanation.  Clicking on the picture will download the highest resolution version available.

(tomado de https://apod.nasa.gov/apod/ap260613.html)

Saludos!

Publicado

Hola @DeepSkyNacho :

Lo leí entero y me conmovió porque está muy bien escrito y mejor explicado.

Creo entender por el feo momento que estás pasando, y si bien tengo la suerte de no haberlo experimentado, sé que la mayor parte de la gente tiene problemas parecidos al tuyo.

Te deseo que puedas sobrellevar este difícil momento y que te puedas sobreponer a las fuertes desiluciones que comentás.

Te mando un abrazo, Roberto.

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